viernes, 13 de abril de 2012

Recortes, recaudaciones, quejas, chupones y Alejandro Dumas

El gobierno va a establecer un límite de 2500 euros para pagar en efectivo. Para cantidades superiores... dinero virtual, para lo cual no habrá problema pues no hay duda de que todos los ciudadanos son clientes de un banco... o en todo caso deberían decirlo a las claras: es obligatorio ser cliente de un banco.

Los turistas estarán exentos de este límite, pudiendo pagar hasta 15.000 euros a tocateja.

Gracias a esta medida, de la misma forma que las grandes fortunas se benefician de las ventajas fiscales de las SICAVS utilizando "hombres de paja", muchos se podrán beneficiar de un límite mayor de pago en efectivo utilizando "turistas de paja"... digo yo.

Tema a parte, leía el otro día lo de los exiliados políticos cubanos, que ahora están quejándose de que les han recortado las subvenciones, la pensión con la que vivían en España, y uno hasta llegó a sucidarse al verse privado de éste "su medio de vida".
No tenía ni idea y me ha parecido algo lamentable... ¿que les estaban pagando una pensión con dinero público? ¿a cuénto de qué? ¿por ser disidentes?
Una cosa es la acogida y otra ofrecerles un título nobiliario.

Como en cierto fragmento de la novela de Alejandro Dumas "20 años después" (La segunda parte de los Tres Mosqueteros), donde la reina de Francia concede a un simpático personaje el título de "Enfermo de la Reina", que puede parecer una tontería, pero el título es una excusa como cualquier otra para otorgarle el derecho a recibir una sustanciosa pensión... a costa de las arcas públicas, naturalmente. Lo que equivaldría hoy en día a nombrarle Consejero de Bankia... por ejemplo.

Esta práctica de la concesión de "títulos nobiliarios" con derecho a renta no ha desaparecido con las decapitaciones de la revolución francesa. Las subvenciones por la jeta siguen vigentes, a sindicatos, agentes culturales, colectivos victimistas...

Unos producen y pagan impuestos; otros reciben dinero público sin producir nada útil, devuelven una parte de ese dinero y con eso dicen pagar sus impuestos también...; y otros... ni eso.
La nueva nobleza cohexiste con la vieja, aquí mucha gente vive de la renta de los siervos sin necesidad de ir por la vida con amaneramientos de vizconde dieciochesco. Y por no encajar con el modelo ridiculizado, se permiten el lujo de quejarse e ir de víctimas por la vida, se enojan ante la sospecha de que se les impida seguir vaciando la caja común... una caja que no han contribuído a llenar, y de la que disponen como si fuera un derecho... su derecho a vaciarla y el derecho a que los siervos se la sigan llenando.

Tanto cambian las apariencias que ahora resulta que los que salen a la calle a protestar son los subvencionados y los rentistas, y los que quedan en un segundo plano o sufren sus ataques son los productores. Los que se llaman a sí mismos representantes de los trabajadores son en verdad una clase parasitaria de los productores de bienes. Tanto de lo mismo podría decirse de los representantes del pueblo...

En la citada novela de Dumas, en cierto momento se fragua una revolución popular, dirigida y liderada por ambiciosos nobles y gente de alta alcurnia, opositores al actual poder, que utilizando sus influencias y su dinero logran mover al pueblo de París para revelarse y tomar el palacio real donde se encuentran la reina, el rey y el regente... salvo porque en el último momento el influyente personaje que montó la revolución, un alto cargo eclesiástico, la detiene.

Movió a la gente a luchar bajo algún ideal colectivo, pero la muchedumbre no estaba sino siendo utilizada para que éste personaje adquiriera una posición fuerte de negociación ante el poder actual, demostrándole que podía lanzar contra él al pueblo, y también detenerle a su antojo: una demostración de fuerza.
Los demás nobles implicados en la lucha contra el poder oficial se va viendo que van cediendo a condición de que sus aspiraciones personales sean saciadas, esto es: mejores cargos o títulos o derecho a mayores rentas.

El jefe de los mendigos, al que siguen todos los mendigos, organiza las barricadas de París a cambio de una sustanciosa cantidad de dinero. Pero ¿quién es este "jefe" de los mendigos? Pues es un mendigo, vestido de mendigo, y que mendiguea como los mendigos.
El por qué recibe tanto dinero es, sencillamente, porque en su calidad de mendigo se relaciona de igual a igual con los demás mendigos de la ciudad, y en su calidad de líder carismático, es capaz de organizarlos para hacer lo que él quiera, pagando quizá parte del dinero a otros mendigos también carismáticos y con influencia, consiguiendo entre todos ellos que los restantes mendigos de la ciudad se movilicen por la causa gratis, constituyendo un ejército de chusma.

A parte de eso, es un mendigo rico, pues tiene concedida la exclusividad del porteo de agua bendita de la iglesia de San Eustaquio, (concesión que le compró a su antecesor cuando se jubiló por una cantidad impensable en un mendigo) lo que le proporciona en limosnas y propinas un sueldo digno de una clase social superior, clase social que obviamente no aparenta, para poder seguir conservando sus rentas y sus influencias.

En fín, los cuentos describen muchas veces magníficamente la realidad, una realidad que no entiende de épocas.

2 comentarios:

Piedra dijo...

Los estereotipos se repiten en el tiempo y en las diferentes culturas. Solo nuestra estupidez nos impide entenderlo o reconocerlo.

Anónimo dijo...

Me gusta esta entrada. Poco puedo aportar ya que está todo dicho, sólo resaltar la parte en la que se habla de los que no han contribuido de ningún modo a generar riqueza y han vivido del cuento toda la vida, es la gente que más reclama unos derechos en los que jamás o poquísimas ocasiones han aportado su grano de arena. Y no aportaban porque cómodamente percibían algún tipo de ayuda o prestación. Personalmente conozco muchos casos así.
Por otra parte, el hecho de que esto suceda, se produce porque vivimos en una sociedad en donde se premia a los que no rascan bola y se desmerece a los que arriman el hombro. Incluso existe una especie de rencor u odio hacia los que de alguna forma destacan en su trabajo. Un ejemplo de ello se ve en el sistema educativo; los alumnos menos aventajados (la mayoría de las veces es por pura desidia hacia los estudios) obtienen un fuerte apoyo para que sigan adelante; sin embargo, los que se han esforzado o los que sobresalen no se les premia, no se les recooce y sobre todo, no reciben apoyo para que sigan progresando.