L'otro día, hablando de la globalización, el güey éste mexicano de
La Mengambrea que anda por Madrid por estas fechas, me habló de un libro...
[fundido en negro]
[ahora aparece un reportero vejestorio de la BBC sentado
con las piernas cruzadas en un jardín y empieza a relatar]
James Goldsmith es un británico nacido en París en 1993, (sí, que pasa, es como el chiste ese de uno de Bilbao al que le preguntan dónde nació, a lo que responde: en Sevilla... los de Bilbao nacemos donde nos sale de los cojones!)
En su libro "La Trampa" (Le piège), de 1993, realiza una serie de denuncias sobre las consecuencias negativas que tendrá la globalización de la economía y las técnicas de optimización de rendimiento agropecuario.
Quería escribir un resumen del resumen, pero está tan bien resumido que... es tontería. En resumen: mejor dejo el
enlace.
La globalización sólo beneficia a las multinacionales, a los grandes capitales con capacidad para la deslocalización. En estos momentos las fábricas desaparecen del primer mundo para levantarse en el tercer mundo.
Otros servicios, gracias a internet o a las telecomunicaciones, mismamente se pueden traspasar a países baratos: Telefónica sitúa sus oficinas de atención telefónica en sudamérica, por ejemplo.
Hace unos años protestaban los trabajadores del sector del calzado en Alicante, no podían competir con el calzado chino, más barato. Libertad de mercado, claro, si los chinos trabajan 14 horas por mucho menos dinero, ¿deberían los alicantinos trabajar en iguales condiciones?
No, pero si eliminamos los aranceles, ocurren estas cosas dentro de la más estricta legalidad ¿qué falla?¿a quién le conviene la libertad de mercado? (en este caso los manufactureros chinos trabajaban desde España, pero bajo las condiciones con las que trabajarían en China)
También muchos recordaréis cómo cada año, la cosecha de fresas de Huelva era interceptada en la frontera por los agricultores franceses y destruída antes de que llegase a los mercados. Seguramente observábamos aquellas imágenes con indignación, pero lo entendemos mejor cuando somos nosotros los que sufrimos la competencia desleal.
En el medievo la aristocracia vivía de sus súbditos, hubo jerarquías y esclavos en todos los contienentes a lo largo de las épocas. En la época industrial el trabajador occidental era explotado hasta la fatiga hasta que todo eso fue erradicado, en teoría, en el primer mundo. Pero no en otros lugares. ¿Podemos competir contra eso? ¿Puede una persona que da por por sentados unos derechos competir contra otra que no los tiene?
Cada vez que se cierra una fábrica aquí, las multinacionales bien podrían decir lo siguiente:
"Mirad, resulta que vosotros teneis ciertos derechos: derecho a un sueldo mínimo, a indemnizaciones por despido o baja, a unas horas máximas de trabajo, seguros... Y respetamos esos derechos. Pero hemos encontrado a otros que no tienen esos derechos, trabajan más barato y más horas, de modo que vamos a contratarles a ellos. Eso sí, dejando claro que respetamos vuestros derechos, sólo que como nosotros también tenemos derechos: el derecho de elegir, pues elegimos." o dicho de otra forma "Me parece bien el precio que te pones, pero no te voy a comprar a tí."
Joooo... qué malos son. No, qué malos somos. Porque eso mismo es lo que hacemos todos cuando entre dos ofertas elegimos la más barata; cuando entre dos empleados escogemos al que más sacrifica en nuestro beneficio.
Y una curiosidad que viene en
otro resumen del libro más extenso en inglés, facilitado por César, y en el que Goldsmith relaciona la enfermedad de las vacas locas, detectada por vez primera en 1986, con el canivalismo inducido por los humanos. Esto es: para optimizar el engorde, al ganado se le suministran una serie de compuestos con productos variados impropios de la dieta natural vegetariana de los bóvidos, y entre ellos se encuentran restos de sus semejantes. Señala también la relación entre este síndrome de las vacas y otro sufrido por ciertas tribus africanas, que seguramente todos recordaremos de las películas de Tarzán, que practicaban el canivalismo.
Y por último, un minirelato corolario:
Adrián se encontraba realizando la compra semanal en el supermercado.Plátanos a 2 Euros... y plátanos a 4 euros bajo la etiqueta de "precio de comercio justo""Qué tontería, los de 2 que son más baratos", y así con todo.Al día siguiente, en su despacho, recibió la llamada de su principal cliente."Adrián, lo siento, hemos decidido rescindir el contrato. Hemos encontrado una empresa tailandesa que nos presta el mismo servicio por 5 céntimos de euro la hora."Por días consecutivos continuó recibiendo llamadas de bajas de clientes. Un nuevo mercado más competitivo se estaba abriendo, y las diferencias de precio eran desorbitantes. No podría vivir como estaba acostumbrado a hacerlo si cobrara esa miseria, si se pusiera al nivel de la competencia que le llegaba de otros rincones del mundo.Entonces decidió colocar un nuevo anuncio en un medio del sector:"Adrián Fulanítez. técnico consultor. 10 euros la hora (precio de comercio justo)"Luego, él siguió comprando en el mercado los plátanos de 2 euros.
Y los clientes, siguieron contratando a los técnicos de 5 céntimos la hora.