martes, 3 de febrero de 2009

Gabriela (parte 1)

Se encontraba en la buhardilla, su lugar preferido desde niña. Un lugar oscuro y apartado del resto de la casa en el que se amontonaban bultos, muebles viejos, bultos, y ella era por unos momentos un bulto más, fuera del mundo. A veces crepitaban las maderas o llegaba algún sonido de actividad humana de los pisos inferiores, pero reinaba la calma ahí arriba, bajo la luz de la luna que se filtraba por el pequeño ventanuco.
Y ahí estaba el gran arcón, aquel que siempre estuvo cerrado -¿qué hay en el arcón?- Nada, trastos viejos. Ven, que vamos a Toledo a comprar unos dulces de esos que tanto te gustan.
Hoy estaba abierto ¡se lo habían dejado abierto! y al olfato de su nariz cotilla no le pasó desapercibido ese hecho.

Encendió la luz para ver mejor y empezó a hurgar entre los trastos, entre los recuerdos prohibidos. Y su mirada se posó en aquella casa, y en las personas que estaban delante de ella. Una mágica atracción por esa foto que eclipsó a todo lo demás. Cerró el arcón y bajó a su habitación con la foto escondida en su pecho, y tumbada en la cama la estuvo observando hasta quedarse dormida.

-¡Me voy a Toledo!... ¡A ver a la abuela!
La voz de la madre se oía clara desde la cocina, viajando limpiamente por las habitaciones silenciosas.
-¡No! ¡comeré en su casa!
La puerta se cerró y Gabriela se alejó dando pasos silencioso sobre la tierra, furtivamente, huyendo con un pequeño sentimiento de culpabilidad. ¿Por qué? sólo era una foto.

No había mucha distancia desde el viejo cigarral hasta el casco de la ciudad, y dentro de unos años habría menos, al ritmo que estaba creciendo Toledo terminaría por absorberlo todo a su alrededor como un remolino fagocitador.
No llamó al telefonillo, porque la abuela nunca lo oía, o se empeñaba en responder al teléfono. Abrió con sus propias llaves, subió las escaleras de madera que parecían gritar más que nunca, como si se retorcieran de dolor por cada pisada, y entró en la casa, sumida en una luz mortecina y animada tan sólo por el canto de los jilgueros de la terraza ¡qué vida más agridulce! El canto de los jilgueros era el himno de su abuela, el rosario su bandera y las cazuelas de hierro requemado su armamento. Un dos, un dos, un dos... no hay nadie, estará en misa.

La esperó observando a los pájaros y cotilleando por la casa cuando se hartó de ellos. Hasta que la oyó llegar, y tuvo que esperar un rato más mientras la anciana subía los escalones lentamente, contándolos con cada crujido seguido de una pausa. ¡Diecinueve!

Finalmente la puerta se abrió lo justo para que la figura negra encorvada entrara.
-¡Gabrielita maja! ¡Ay si llego a saber que vinías t'abía comprao trinaranjus y papas!

Tras una retahila de cumplidos y preguntas sobre la familia -¿y tu padre? ¿y tu madre? ¿y los tíos? ¿y el perro?- Gabriela logró sacar la foto y se la mostró a la abuela. Ésta se la acercó a la vez que enfocaba los ojos y, antes de que Gabriela hubiera desarrollado su pregunta, la abuela se puso a temblar. Delatando que había algo importante ahí.
-¿Te lo han 'icho ya tus padres?
-¿Quienes son estas personas de la foto?
-¿Te lo han 'icho ya?
-¿De quién es esta casa?
-¡Ay mi niña!
-¡Dímelo abuela!
-Mi niña... estas personas son... familia tuya.
-¿Familia mía?

Se quedó sin palabras cuando su abuela confesó y seguidamente estalló en lloriqueos y lamentos con un tono muy agudo. Gabriela estaba completamente bloqueada, autista, en esos momentos su abuela le parecía una extraña y ni se atrevía a tocarla. Sus padres no eran sus padres, sus apellidos no eran sus apellidos, hasta puede que ni si quiera Gabriela fuera el primer nombre pensado para ella.

Gabriela fue adoptada, sus verdaderos padres son de un pueblecito del sur de Madrid.

Dejó a su abuela con sus lloros y sus jilgueros, dejó a esa desconocida sin despedirse, salió despacio por la puerta, confundida, haciéndose múltiples preguntas en su cabeza, como abducida, alternando estados de emoción intensa con profundos estallidos de rabia, luchando por no exteriorizar nada. ¡Todo es mentira! Esta vez las escaleras no sonaron en sus oídos, alguien había sustituido los listones de madera por colchones.

Contempló la calle bebiendo todos sus detalles, como si no la hubiera visto tantas veces, como si fuera extranjera y ni si quiera entendiera los murmullos de la gente, como si fuera uno más de aquellos domingueros asfixiantes que no dejan rincón sin fotografiar y se apretujan en los mesones cuando consideran han hecho el suficiente esfuerzo para ir a por el premio, si no se llevan una espada típica de Toledo made in Hong Kong.
Por un momento se hizo el silencio y escuchó los lloriqueos de su abuela desde el balcón del piso de arriba. Se alejó rápidamente tapándose los oídos y sin mirar atrás.

Sacó de un cajero todo lo que pudo, suficiente, y de allí a la estación de autobuses.
Un billete para Madrid.

Era la segunda vez que estaba en Madrid, pero en esta ocasión era distinto, estaba en una ciudad distinta: estaba sola. Al bajar del autobús siguió al resto de los pasajeros hasta que estos se empezaron a dispersar en diversas direcciones. Y entonces se paró como una estatua, se sentía desorientada, carteles, ruido, gente caminado a su alrededor, no sabía cómo debía dar el siguiente paso. Quizá debió haber preguntado al conductor del autobús. Dudó si regresar, pero vió una ventanilla de información y se dirigió hacia ella.

-Disculpe, ¿para ir a Perales de Tajuña?
-Esto es información del metro.

Disculpándose de nuevo Gabriela se alejó avergonzada y con la cabeza gacha, derrotada por su sentimiento de estupidez. Ahora estaba más ciega que antes e intentaba distinguir algún otro punto de información sin siguiera lograr enfocar los carteles, sin lograr distinguir los que eran de información de los que eran de publidad, sólo veía luces brillantes de colores. Pero una voz dirigida a ella la sacó de su obnubilación. Era un muchacho aparecido de la nada, cargado con una mochila, barba de varios días y aspecto un tanto informal y sucio, como de viajero.
-¡Oye! Los autobuses hacia Perales salen desde Atocha.
-Gracias.

El muchacho se alejaba ya, sin más, cuando en un repentino impulso corrió tras de él y le preguntó:
-¡Perdona! ¿Y cómo voy a Atocha?

No se volvió a relajar hasta que estuvo montada en el autobús, preguntando previamente si aquél era el correcto a una señora que deambulaba por allí - señora que le respondió con cierto airecillo hastiado, haciéndola sentirse como una lerda que no sabe leer el cartelito que indica claramente el destino. No obstante, al subir no pudo evitar volver a preguntar al conductor, que le respondió con una afirmación seca y robótica, un "sí" fraguado tras muchos años de práctica respondiendo preguntas obvias.

Se hundió todo lo que pudo en el asiento, no fuera que alguien tratara de arrancarla de ahí y el autobús partiera sin ella, y respiró con alivio. Ese asiento la llevaría a Perales de Tajuña, y ni para hacer sus necesidades levantaría el culo de él. Ahí se sentía protegida de Madrid, que era una ciudad de corredores subterráneos de metro, carteles que apuntaban en todas las direcciones y gente extraña y altiva de la que no sabía su origen ni su destino.
Pero los que iban subiendo al autobús de Perales eran distintos, no eran como los demás. De estos sabía al menos a dónde iban, y eso dice mucho de una persona. Se sentía protegida entre los suyos, entre la tribu de los que van a viajar a Perales de Tajuña. Estaba en casa... o muy cerca.

El pueblo era pequeño, y estaba situado en un entorno muy bonito. Le agradó que fuera así, y sobre todo que el autobús la dejara al aire libre, en una tranquila calle desde la que se podía contemplar el cielo, y no en una jaula de hormigón y autobuses rugientes de los que Don Quijote daría buena cuenta por ser, sin lugar a dudas, dragones al servicio de un sabio encantador grande enemigo suyo que le tiene ojeriza.

3 comentarios:

gloria saavedra dijo...

Muy interesante

gloria saavedra dijo...

Muy interesante

MEugenia dijo...

Muy interesante :P

Ahora ya no sé si la historia que hay que seguir de la abuela de Gabriela ha de tomar como modelo la de tu relato :)

¡Felicidades! Seguro que te ha puesto muchas "caritas".